miércoles, 20 de abril de 2011

Prosigue la limpieza étnica de Palestina

                                                      
                                                       
                                                                                                                                           Jonathan Cook
Munther Fahmi es conocido como “el librero de Jerusalén". Entre sus clientes se cuentan Tony Blair, Kofi Annan, Jimmy Carter y la actriz de Hollywood Uma Thurman. En una ciudad dividida por las tensiones políticas y sociales la librería del señor Fahmi constituye un oasis de diálogo entre palestinos e israelíes al que conocidos escritores y académicos de ambos lados de la barrera son invitados regularmente para dar conferencias y hablar de su trabajo. 

Sin embargo, a pesar de sus conexiones de alto nivel, todo parece indicar que los días de señor Fahmi en su ciudad natal están contados. 

Las autoridades israelíes le han comunicado que tras 16 años consecutivos regentando su librería en el recinto del emblemático hotel de Jerusalén Oriental American Colony ya no puede entrar ni a Israel ni a Jerusalén. Hace dos meses agotó sus opciones legales cuando la corte Suprema de Israel se negó a revocar su orden de su deportación. Su única esperanza reside en un comité gubernamental al que ha apelado argumentando razones humanitarias.

El señor Fahmi, de 57 años de edad, dista mucho de ser optimista. "Mi abogado me dice que las solicitudes que hacen los palestinos casi nunca son aceptadas". 

Titular desde hace muchos años de un pasaporte estadounidense, el señor Fahmi dijo que residía [en Jerusalén] con una visa de turista que expiró el 3 de abril. "Si el comité rechaza mi caso me meterán en un avión y me expulsarán en breve". 

El señor Fahmi es uno de los miles de palestinos que en las últimas cuatro décadas han sido víctimas de una política israelí que los despoja de su derecho a vivir en Jerusalén, dijo Dalia Kerstein, directora de Hamoked, un grupo israelí de derechos humanos. 

Aunque Israel se anexionó Jerusalén Oriental en 1967 violando el derecho internacional, la mayoría de sus habitantes palestinos recibieron solamente permisos de residencia israelíes, no la ciudadanía. 

Según cifras israelíes, desde entonces los israelíes han revocado el permiso de residencia de más de 13.000 palestinos de los 260.000 con que cuenta hoy Jerusalén Este.

La señora Kerstein dijo que el número de revocaciones ha aumentado drásticamente en los últimos años, ya que más de 4.500 palestinos perdieron su permiso de residencia tan sólo en el año 2008, el último año del que existen disponibles cifras completas.

La ley israelí estipula que los palestinos de Jerusalén pueden ser despojados de su permiso de residencia si residen al menos durante siete años en el extranjero –el cual incluye los territorios palestinos ocupados de Cisjordania y Gaza- o si adquieren un pasaporte extranjero.

Desde que en 1988 se dictara una sentencia de prueba, los tribunales israelíes han ratificado la revocación [del permiso de residencia] en los casos en los que las autoridades sostienen que los palestinos han trasladado su "centro de vida" a otros lugares.

"Es evidente que existe una política para expulsar a los palestinos de Jerusalén e Israel y reducir lo que aquí se llama “la amenaza demográfica palestina", dijo la señora Kerstein. "Se trata realmente un caso de limpieza étnica". 

La semana pasada Hamoked y otro grupo de derechos humanos, la Asociación de Derechos Civiles de Israel (ACRI), solicitaron a la Corte Suprema de Israel que revocara la política [de anulación de permisos de residencia], argumentando que supone una vulneración del derecho internacional. 

Oded Feller, abogado de ACRI, dijo que los palestinos de Jerusalén Oriental son de hecho "prisioneros" a los que Israel castiga si participan de un mundo más globalizado. 

"El problema para la gente como Munther es que el gobierno y los tribunales israelíes los tratan como si fueran inmigrantes, ignorando el hecho de que en su calidad de habitantes nativos de la ciudad les asiste el derecho inalienable a vivir en ella", dijo la señora Kerstein. 

Al igual que la mayoría de los palestinos de Jerusalén Este, la familia del señor Fahmi rechazó la ciudadanía israelí en 1967. "Somos palestinos y estamos ocupados por Israel. ¿A santo de qué deberíamos aceptar su ciudadanía y legitimar su ocupación?". 

Pero esa decisión le dejó a él y a otros palestinos de Jerusalén en una situación precaria. Los israelíes revocaron el permiso de residencia del señor Fahmi -sin su conocimiento- a raíz de una larga estancia en los Estados Unidos que inició en 1975, cuando se fue a EEUU a estudiar. Allí obtuvo un pasaporte estadounidense tras casarse y formar una familia. 

En 1995, tras la firma de los acuerdos de Oslo, decidió volver a instalarse en Jerusalén. "Vi a Yasser Arafat y a Yitzhak Rabin darse la mano frente a la Casa Blanca e ingenuamente pensé que aquello era el comienzo de una nueva era de reconciliación".

Durante los últimos 16 años se ha visto obligado a salir y entrar en el país cada pocos meses con una visa de turista. Pero el señor Fahmi conoció el verdadero significado de la pérdida de su residencia hace 18 meses, cuando los funcionarios del Ministerio del Interior israelí le dijeron que, en aplicación de una nueva política, ya no le renovarían automáticamente la visa de turista.

Ahora le han dicho que solo puede permanecer tres meses al año en Israel, incluyendo Jerusalén. En su apelación ante la comisión humanitaria ha dicho que necesita estar en Jerusalén para cuidar de su madre, de 76 años de edad.

"¿Hay en el mundo algún otro país en el que la población nativa sea tratada de esta forma en su propio país?", dijo.

La señora Kerstein explicó que la política de negar visas de turista a los palestinos con pasaporte extranjero ha sido aplicada de forma irregular debido a las objeciones presentadas por EEUU y por embajadas europeas.

La elección del señor Fahmi [como blanco de esta medida restrictiva] parece a primera vista un tanto extraña en vista de los influentes apoyos con los que cuenta. Una petición ha logrado reunir más de 2.000 firmas, incluidas las del novelista británico Ian McEwan, ganador este año del Premio Jerusalén de literatura, la del historiador Eric Hobsbawn y la de Simon Sebag Montefiore, cuyo libro Jerusalén: La biografía ha sido un éxito de ventas. 

El señor Fahmi confía en que el apoyo de muchos israelíes y judíos de la diáspora, entre ellos los de Amos Oz y David Grossman, dos de los novelistas más célebres de Israel, conseguirá impedir su expulsión. 
El señor Grossman dijo a la agencia de noticias Reuters la semana pasada que las acciones del gobierno israelí eran "un escándalo". Rashid Khalidi, profesor de historia del Oriente Medio en la Universidad de Columbia en Nueva York, que también ha firmado la petición, dijo que el caso del señor Fahmi ha puesto de relieve la determinación de Israel de mantener una mayoría judía en Jerusalén. 

Una fórmula ideada por un comité gubernamental israelí en 1973 fijó [como objetivo] para Jerusalén [alcanzar] un ratio de población de 73 judíos contra 27 palestinos. A pesar de una agresiva política de asentamiento de judíos en Jerusalén Oriental, la tasa de natalidad más elevada de los palestinos ha hecho que su proporción haya aumentado hasta superar un tercio de la población total de la ciudad. 

"No conozco a ninguna familia de Jerusalén Este que no tenga a algún miembro afectado por esta política de revocación [de permisos de residencia]", dijo el profesor Khalidi. "Es algo sistemático".

El año pasado Israel pareció ampliar su política cuando revocó el permiso de residencia a cuatro miembros de Hamas pertenecientes al consejo legislativo palestino que viven en Jerusalén Este. 

A principios de este año Israel también prohibió entrar a Jerusalén a Adnan Gheith, un destacado activista político palestino que se ha opuesto a la campaña de colonización judía del barrio [árabe] de Silwan, situado en Jerusalén Este. Los israelíes le ordenaron permanecer fuera de la ciudad durante cuatro meses. 

Informaciones publicadas en los medios de comunicación israelíes indican que los servicios de seguridad israelíes han elaborado una lista de varios cientos de activistas de Jerusalén contra los que pretenden dictar órdenes de expulsión. 

En lo que constituye un indicio del miedo que se extiende entre los palestinos jerusalemitas cuyos derechos de residencia se encuentran amenazados, en los últimos cinco años los funcionarios israelíes han observado entre la población palestina [de Jerusalén] un marcado incremento del número de solicitudes de ciudadanía israelí. Las cifras dadas a conocer este año por el Ministerio del Interior israelí revelan que unos 13.000 palestinos de Jerusalén, es decir, el 5% de la población, son ahora ciudadanos israelíes.

Fuente: www.rebelion.org

lunes, 18 de abril de 2011

El planeta devuelve el golpe





                                                                                                                                   Michael T. Klare
 
En su libro de 2010: Eaarth: Making a Life on a Tough New Planet, [Tiierra, tratando de vivir en un nuevo planeta hosco] el erudito y activista ecológico Bill McKibben escribe sobre un planeta tan devastado por el calentamiento global que ya es irreconocible como la Tierra en la que solíamos vivir. Es un planeta, predice, de “polos que se derriten, de bosques que se mueren y de un mar creciente, corrosivo, barrido por vientos, acribillado por tormentas, abrasado por el calor”. Diferente del mundo en el cual nació y prosperó la civilización humana, necesita un nuevo nombre, de modo que le agregó un “a” en “Eaarth” [“i” en “Tiierra”, N. del T.] 

La Tiierra descrita por McKibben es una víctima, una baja del consumo irrestricto de recursos de la humanidad y sus irresponsables emisiones de gases invernadero que modifican el clima. Es verdad, esta Tiierra causará dolor y sufrimiento a los seres humanos a medida que los mares suban y las tierras de cultivo se marchiten, pero como la retrata, es esencialmente una víctima de la rapacidad humana.

Con todo mi respeto a la visión de McKibben, quisiera ofrecer otra perspectiva sobre su (y nuestra) Tiierra: como una poderosa protagonista de pleno derecho y como una vengadora, en lugar de ser simplemente una víctima. 

No basta con pensar en la Tiierra como una víctima impotente de las depredaciones de la humanidad. También es un complejo sistema orgánico con muchas y potentes defensas contra la intervención externa, defensas que ya despliega con un efecto devastador en lo que respecta a las sociedades humanas. Y hay que recordar que el proceso no hace que empezar. 

Para comprender nuestra situación actual, sin embargo, hay que distinguir entre las perturbaciones que reaparecen naturalmente y las reacciones del planeta ante la intervención humana. Ambas requieren una mirada nueva, así que comencemos por lo que la Tierra siempre ha sido capaz de hacer antes de que nos volquemos a las reacciones de Tiierra, la vengadora. 

Sobrevalorándonos
 
Nuestro planeta es un complejo sistema natural, y como todos los sistemas semejantes se desarrolla continuamente. Mientras eso sucede -continentes que se alejan, cordilleras que suben y bajan, modelos climáticos que cambian- los terremotos, erupciones, maremotos, tifones, sequías prolongadas y otras perturbaciones naturales vuelven a aparecer, aunque sea sobre una base irregular e impredecible. 

Nuestros predecesores en el planeta tenían plena conciencia de esa realidad. Después de todo, las antiguas civilizaciones fueron repetidamente estremecidas, y en algunos casos desbaratadas, por semejantes perturbaciones. Por ejemplo, mucha gente cree que la antigua civilización minoica del Mediterráneo oriental se derrumbó después de una poderosa erupción volcánica en la isla Thera (también llamada Santorini) a mediados del segundo milenio a.C. La evidencia arqueológica sugiere que muchas otras antiguas civilizaciones fueron debilitadas o destruidas por la intensa actividad sísmica. En Apocalypse: Earthquakes, Archaeology, and the Wrath of God [Apocalipsis: terremotos, arqueología y la ira de Dios], el geofísico de Stanford, Amos Nur, y su coautora Dawn Burgess, argumentan que Troya, Micenas, la antigua Jericó, Tenochtitlán y el imperio hitita podrían haber terminado de esta manera. 

Frente a recurrentes amenazas de terremotos y erupciones volcánicas, muchas antiguas religiones personificaron las fuerzas de la naturaleza como dioses y diosas y pedían complicados rituales humanos y sacrificios para apaciguar a esas poderosas deidades. Se pensaba que el antiguo dios del mar Poseidón (Neptuno para los romanos), también llamado “Agitador de la Tierra”, causaba terremotos cuando le provocaban o se enojaba. 

En tiempos más recientes, hay pensadores que tienden a mofarse de nociones tan primitivas y de los gestos que las acompañaban, sugiriendo en su lugar que la ciencia y la tecnología –frutos de la civilización– ofrecen más que suficiente ayuda para permitir que triunfemos sobre las fuerzas destructivas de la Tierra. Este cambio en la conciencia se ha documentado de modo impresionante en el libro de Clive Ponting de 2007, A New Green History of the World [Una nueva historia verde del mundo]. Citando a influyentes pensadores del mundo post medieval, muestra cómo los europeos adquirieron una poderosa convicción de que la humanidad debía controlar la naturaleza y lo lograría, no al revés. El matemático francés del Siglo XVII René Descartes, por ejemplo, escribió sobre el empleo de la ciencia y del conocimiento humano para que podamos “…hacernos señores y dueños de la naturaleza”. 

Es posible que este creciente sentido del control humano sobre la naturaleza haya sido realzado por un período de algunos cientos de años en los que puede haber habido menos cantidad de la usual de perturbaciones de la naturaleza que amenazaran a la civilización. Durante esos siglos la Europa moderna y Norteamérica, los dos centros de la Revolución Industrial, no presenciaron nada parecido a la erupción de Thera en la era minoica, o, de hecho, algo similar al doble golpe del terremoto de 9 grados y el tsunami con olas de 15 metros de altura que sufrió Japón el 11 de marzo. Esta relativa inmunidad contra semejantes peligros fue el contexto en el que creamos una civilización altamente compleja, tecnológicamente sofisticada, que en gran parte da por sentada la supremacía humana sobre la naturaleza en un planeta aparentemente quieto. 

¿Pero es exacta esta evaluación? Los recientes eventos, desde las inundaciones que cubrieron un 20% de Pakistán y sumergieron inmensas zonas de Australia a los incendios inducidos por la sequía que quemaron vastas áreas de Rusia, sugieren otra cosa. En los últimos años, el planeta ha sufrido una serie de grandes perturbaciones naturales, incluido el reciente desastre del terremoto y el tsunami en Japón (y sus numerosas y fuertes réplicas), el terremoto de enero de 2010 en Haití, el terremoto de febrero de 2010 en Chile, el terremoto de febrero de 2011 en Christchurch, Nueva Zelanda, el terremoto de marzo de 2011 en Birmania, y el devastador terremoto-tsunami de 2004 en el Océano Índico que mató más de 230.000 personas en 14 países, así como una serie de terremotos, tsunamis y erupciones volcánicas dentro y alrededor de Indonesia. 

Aunque no sea para otra cosa, estos eventos nos recuerdan que la Tierra es un sistema natural en permanente desarrollo; que los últimos cientos de años no representan necesariamente predicciones de los que quedan por delante; y que podemos, especialmente en el último siglo, habernos arrullado en un sentido de complacencia sobre nuestro planeta que es poco merecido. Más importante es que sugieren que podríamos –y subrayo podríamos– estar volviendo a una época en la cual aumente la frecuencia de la incidencia de semejantes eventos. 

En este contexto, la demencia y la arrogancia con la que hemos tratado a las fuerzas naturales aparece fuertemente bajo el foco. Por ejemplo lo que sucede en el complejo de energía nuclear de Fukushima Daiichi en el norte de Japón, donde por lo menos cuatro reactores nucleares y sus contiguas piscinas de contención para combustible nuclear “gastado” siguen estando peligrosamente fuera de control. Obviamente, los constructores y propietarios de la planta no causaron el terremoto y el tsunami que crearon el peligro actual. Fue el resultado de la evolución natural del planeta, en este caso, del repentino movimiento de placas continentales. Pero son responsables de no haber previsto la catástrofe, por haber construido un reactor en un lugar en el que ha habido frecuentes tsunamis y por suponer que una plataforma de hormigón hecha por humanos podría resistir lo peor que la naturaleza puede provocar. Se ha dicho mucho sobre los defectos en el diseño de la planta de Fukushima y sus inadecuados sistemas de apoyo. Todo esto, sin duda, es vital, pero en última instancia la causa del desastre no fue de ninguna manera un simple defecto de diseño. Fue la arrogancia: una sobrevaloración del poder de la inventiva humana y una subestimación del poder de la naturaleza. 

¿Qué futuros desastres nos esperan como resultado de semejante arrogancia? Nadie, en este momento, puede decirlo con seguridad, pero la instalación de Fukushima no es el único reactor construido cerca de zonas sísmicas activas, o que corre peligro por otras perturbaciones naturales. Y no se trata sólo de plantas nucleares. Consideremos, por ejemplo, todas esas plataformas petroleras en el Golfo de México que corren riesgo por huracanes cada vez más poderosos o, en caso de que los ciclones aumenten su fuerza y frecuencia, las plataformas de aguas profundas y superprofundas cuya construcción se está planificando en Brasil para una distancia de hasta 290 kilómetros de su costa en el Océano Atlántico. Y pensando en los recientes eventos en Japón, ¿quién sabe cuánto daño puede infligir un gran terremoto en California? Después de todo California, también, tiene plantas nucleares ubicadas ominosamente cerca de fallas sísmicas.

Subestimando la Tiierra
 
Sin embargo la arrogancia de este tipo sólo es una de las maneras mediante las cuales provocamos la ira del planeta. Mucho más peligroso y provocativo es nuestro envenenamiento de la atmósfera con los residuos de nuestro consumo de recursos, especialmente combustibles fósiles. Según el Departamento de Energía de EE.UU., en 1990 las emisiones totales de carbono de todas las formas de uso de energía ya habían llegado a 21.200 millones de toneladas y se calcula que, en 2035, aumentarán ominosamente a 42.400 millones, un aumento del 100% en menos de medio siglo. Cuanto más dióxido de carbono y otros gases invernadero descarguemos en la atmósfera, más cambiaremos los sistemas climáticos naturales del planeta y dañaremos otros recursos ecológicos vitales, incluidos océanos, bosques y glaciares. Todos son componentes de la estructura integral del planeta, y al ser dañados de esta manera, provocarán mecanismos de defensa: aumento de las temperaturas, cambios en los modelos de precipitación pluviométrica y aumento de los niveles de los mares, entre otras reacciones. 

La noción de la Tierra como un complejo sistema natural con múltiples ciclos de retroalimentación fue propuesta por primera vez por el científico y ecologista James Lovelock en los años sesenta y planteado en su libro de 1979: Gaia: una nueva visión de la Tierra.  (Lovelock usó el nombre de la antigua diosa griega Gaia, personificación de la Madre Tierra, para su versión de nuestro planeta). En ésta y otras obras, Lovelock y sus colaboradores argumentan que todos los organismos biológicos y sus inmediaciones inorgánicas en el planeta están estrechamente integrados para formar un sistema complejo y autorregulador, que mantiene las condiciones necesarias para la vida, un concepto que llamó “La Hipótesis Gaia”. Cuando cualquier parte de este sistema se daña o se altera, afirman, las otras reaccionan tratando de reparar, o compensar, el daño con el fin de restaurar el equilibrio esencial. 

Pensemos en nuestros propios cuerpos cuando son atacados por microorganismos virulentos: nuestra temperatura aumenta; producimos más glóbulos blancos y otros fluidos, dormimos mucho y desplegamos otros mecanismos de defensa. Cuando tienen éxito, nuestras defensas corporales neutralizan primero y finalmente exterminan a los gérmenes invasores. No es un acto consciente, sino un proceso natural, que salva la vida. 

La Tiierra reacciona ahora ante las depredaciones de la humanidad de manera semejante: calentando la atmósfera, sacando carbono del aire y depositándolo en el océano, aumentando las lluvias en algunas áreas y reduciéndolas en otras y compensando de otras maneras la masiva infusión atmosférica de dañinas emisiones humanas. 

Pero es poco probable que lo que la Tiierra hace para protegerse contra la intervención humana sea propicio para las sociedades humanas. A medida que el planeta se calienta y los glaciares se derriten, los niveles del mar aumentarán, inundando áreas costeras, destruyendo ciudades y sumergiendo áreas agrícolas a baja altura. Las sequías serán endémicas en muchas áreas agrícolas que otrora eran productivas, reduciendo el suministro de alimentos a cientos de millones de personas. Muchas especies vegetales y animales esenciales para el sustento humano, incluyendo varias especies de árboles, cultivos de alimentos y peces, no podrán adaptarse a esos cambios climáticos y dejarán de existir. Los seres humanos podrían –y de nuevo subrayo que podrían– tener más éxito al adaptarse a la crisis de calentamiento global que semejantes especies, pero al hacerlo, multitudes probablemente morirán de hambre, enfermedad y las guerras que las acompañan. 

Bill McKibben tiene razón: ya no vivimos en el planeta “acogedor, que considerábamos seguro, conocido antiguamente como Tierra. Habitamos otro sitio que ya ha cambiado drásticamente por la intervención de la humanidad. Pero no actuamos frente a una entidad pasiva, impotente, incapaz de defenderse de la trasgresión humana. Lamentablemente, conoceremos consternados los inmensos poderes de los que dispone la Tiierra, la Vengadora. 
Michael T. Klare es profesor de estudios de Paz y Seguridad Mundial en el Hampshire College. Su último libro es Rising Powers, Shrinking Planet: The New Geopolitics of Energy (Metropolitan Books).Fuente: rebelion.org

viernes, 15 de abril de 2011

Vittorio Arrigoni, combatiente por la paz

     
                                                                                                                              Alberto Arce (El País)

Vittorio Arrigoni, activista italiano del Movimiento de Solidaridad Internacional (International Solidarity Movement, ISM en sus siglas en inglés) fue asesinado ayer (14-4-2011) por la noche en una casa abandonada de la Franja de Gaza. Quizás en una de las que él mismo contribuyó a evacuar durante los bombardeos de la Operación Plomo Fundido.

Durante las tres semanas que duró aquella operación, Vittorio vestido con un chaleco de paramédico palestino, saltaba varias veces al día al interior de una ambulancia y le gritaba a Marwan, nuestro conductor favorito, que bastante tenía con esquivar las bombas y el fósforo blanco que iluminaban el camino "Jallah, Jallah Schumacker, circula más rápido que nos esperan". "Vik Utopía", como le llamábamos, era el primero en salir del vehículo y ponerse a levantar cascotes, sacar fotos, ayudar a los heridos, animar a los familiares, llamar por teléfono a Italia para contar lo que sucedía, compartir tabaco con todo aquel que se lo pidiese y quejarse. Quejarse siempre y en alto. Vittorio siempre se quejaba de lo que veíamos.

Vittorio y el miedo no congeniaban. Él nunca se agachaba cuando la explosión sonaba cerca. Al contrario. Gritaba. Insultaba a los que nos disparaban, se enfadaba, miraba a su alrededor y terminaba por animarnos a todos. Personalidad y carácter. Siempre con la pipa en la boca, escribiendo en su cuaderno y hablando por teléfono. Vittorio no daba discursos, reaccionaba como un palestino más, mimetizado, convertido en uno de ellos. Vittorio era un gazaui más. No necesitaba hablar árabe ni prácticamente inglés. Su idioma era el italiano y así se entendía, sonriendo, chapurreando y a gestos, con todo el mundo. Vittorio tenía la voluntad de los persistentes. La honestidad de quien estaba dispuesto a llegar hasta el final. Con principios y convicciones. Vittorio no era un aventurero.

Al contrario. Era uno de los miembros más conscientes del International Solidarity Movement (ISM). El extranjero que más tiempo ha pasado en la Franja de Gaza tratando de formar un grupo estable de activistas que participasen en la resistencia noviolenta de los palestinos contra la ocupación. Cuando el ejército israelí asesinó a Rachel Corrie y a Tom Hurndall en 2003 el ISM decidió retirarse de la zona para evitar más muertes. Por aquel entonces Vittorio participaba en las actividades de la organización en Cisjordania. Tarde o temprano todos los miembros del ISM allí son detenidos y deportados por las autoridades israelíes. Vittorio no se libró.

Pasó entonces a formar parte del núcleo originario del movimiento "Free Gaza" con el objetivo de romper el bloqueo marítimo israelí a través del envío de barcos que zarpaban desde Chipre transportando periodistas y activistas hasta la Franja asediada. En Agosto de 2008 formó parte de la travesía inaugural, navegando en el primer barco extranjero que atracaba en Gaza desde 1967. Una vez allí, Vittorio y media docena de personas comenzaron a establecer contactos para que los extranjeros del ISM realizasen, junto a los palestinos, acciones de resistencia noviolenta contra el ejército israelí. Vittorio y sus compañeras salían cada mañana a faenar con los pescadores. Ofrecían su presencia y sus pasaportes como escudo humano para evitar que las patrulleras israelíes les disparasen. Grababan los ataques y se lo contaban al mundo.

Vittorio fue detenido por la armada. Le dispararon con una pistola eléctrica. Cayó el mar. Casi se ahoga. Tras varios días en una cárcel israelí fue deportado a Italia. Dos semanas después regresaba a Gaza. Él nunca tiraba la toalla. Yo le conocí horas antes de embarcar, juntos, en el último bote que alcanzó puerto. El que llegó a Gaza el 19 de diciembre de 2008 transportando a los siete extranjeros que vivimos la Operación Plomo Fundido. Se pasó la noche explicándome lo que significaban para él las brigadas internacionales de la guerra de España. Le apasionaban. Vittorio sentía que su presencia en Gaza era la de un brigadista. Orwell y Homenaje a Cataluña eran su referente.

Fue Vittorio el que propuso, cuando comenzaron los bombardeos sobre Gaza, que nos ofreciésemos como voluntarios para circular en las ambulancias. Fue él quien nos convenció a nosotros y gestionó ante la Media Luna Roja que los siete extranjeros que estábamos en aquel momento en el grupo del ISM de Gaza nos convirtiésemos en testigos en primera línea de lo que sucedía.

Cuando la guerra terminó e Israel decretó la prohibición de transitar por los terrenos adyacentes a la frontera, los más fértiles de Gaza y de los que miles de campesinos dependen, Vittorio lideró una vez más al grupo de 
 voluntarios extranjeros que se ofrecían con sus chalecos fluorescentes y sus cámaras como escudos humanos para que las familias pudieran acceder a recoger sus cosechas. Le disparaban y él lo grababa y lo contaba. Sin miedo. Con convicción. Ese era su trabajo. 

Hace menos de una semana, cuando Israel bombardeaba Gaza de nuevo, se sentó a fumar nargile con un responsable del Centro Palestino de los Derechos Humanos y grabaron, juntos, su último vídeo, preguntándose, como siempre, cómo podía pararse aquello. Vittorio era de los que se quedaban cuando se terminaba la noticia. De los que pensaban que estar es sinónimo de "siempre".

A Vittorio no le gustaba la palabra cooperante. Su trabajo no era humanitario. Era político. Rechazaba por igual la equidistancia y la neutralidad. Vittorio era un combatiente por la paz. Por una paz justa. Vittorio nos hablaba cada día de los viejos partisanos italianos. Nos cantaba sus canciones en italiano. "Si mis abuelos lucharon el siglo pasado contra el fascismo, nosotros luchamos ahora contra la ocupación. Pero sin Maúser. Con las armas de la solidaridad, con el periodismo y la palabra". Vittorio era, todavía, un comunista convencido. Llevaba tatuada la palabra "mukawarma" -resistencia- en árabe en su antebrazo derecho.

Escribió desde Gaza una serie de crónicas para Il Manifesto durante las semanas infernales de la operación Plomo Fundido. Posteriormente se convirtieron en libro y fueron traducidas a varios idiomas. Su prólogo, "Gernika en Gaza" comienza así: "Desde Israel llega una amenaza terrible: este es sólo el primer día de una campaña de bombardeos que podría prolongarse durante dos semanas. Construirán un desierto y lo llamarán paz. El silencio del mundo es hoy mucho más ensordecedor que las explosiones que cubren la ciudad como un sudario de terror y muerte. Seguimos siendo humanos."

Vittorio ha muerto apenas unos días más tarde que Juliano Mer Khamis. Asesinados por un fanatismo integrista que se opone a la paz. Juliano y Vittorio eran los mejores. Pertenecían a ese grupo que Michael Warsavsky, escritor y activista israelí sitúa "al otro lado de la frontera" alejados de nacionalidades y religiones, unidos en lo común. Solidarios. Aún humanos.

martes, 12 de abril de 2011

El Perú con sabor extranjero

                           
                                                                                                                                          Oscar Camero 

Algo pasa en el Perú, con la gente del Perú. Algo ocurre con la gente respecto del arraigo. Mis respectos al Perú, pero también mi sentir y criterio. No es hora ni espacio para el análisis sesudo sobre el famoso tema de la identidad latinoamericana. Es hora para un comentario.

Usted ve a un hombre como Vargas Llosa y de inmediato reconoce que es peruano, aunque él no parezca muy alegre con que se lo reconozcan. Se hizo español. Asumió esa nacionalidad, y uno puede decir que lo hizo por causa de su oficio como escritor. Luego tú miras en un nipón como Fujimori (realmente nació en Japón), quien gobernó al país... Y ves, en general, muchas cosas que se mueren por lo extranjero. Es una opinión, no un insulto.

He conocido peruanos que han delirado por los claros ojos y el cabello dorado de una gringa o europea, por el sólo hecho del color y la condición. No los culpo, porque belleza es belleza, de donde sea. Pero descubro que lo hacen per se, porque sí, como si mezclar sus genes con aquellos otros de tal tonalidad los rescatara de algo desconocidamente temible. Los he conocido renegándose de su origen, pero también los he descubierto muy en el fondo honrándose de su sangre inca.

Llevan quizás la lucha interna de todo latinoamericano, revoltijo de sangres y etnias, de culturas, crisol humano que somos, raza cósmica. Hay tanto conflicto en eso que llaman el ser latinoamericano y tanta devastación moral, tanta demolición cultural, tanto aculturamiento extranjero, tanta desculturación, neoculturación. Y lo habrá seguramente hasta que Perú se transculture en aquello que olvida lo que es y fue.

No voy tan lejos para ejemplificar, y lo hago en el aspecto político, para mayor emblemaje. Hoy, cuando Perú es electoral, mis ojos se desorbitan cuando descubren la dolencia de la que hablo, cuando noto que los peruanos parecen vacilar entre un nativo y dos iconos extranjerizantes: Ollanta Humala, Keiko Fujimori y Pablo Pedro Kuczynski, respectivamente. Mis ojos se brotan cuando los oídos oyen hablar al último: ¡ni siquiera habla familiarmente el español! Pero, incluso así, tiene un favor electoral y anda cerca en la contienda. ¡Es como si en ese país fuese necesario que te hagas extranjero para luego ser peruano!

Una locura. Por eso habrá sido que Vargas Llosa se hizo español para luego pretender ser un peruano ejemplar, tanto así como postularse a presidente de la antigua nación inca. Pero la cosa es que ni el mismo Humana ─el más nativo─ se salva del todo: estudió en un colegio peruano-japonés y fue como militar a la Escuela de las Américas, donde los gringos preparan al soldado extranjero para renegar de su nacionalidad originaria.

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